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Mi reflejo, hoy rescatado

Había una vez una niña llena de curiosidad y de miedo a la vez.

Veía a su papá leyendo todos los días los periódicos y tomándolos con ambas manos, con los brazos abiertos de par en par. Soñaba con poder imitarlo, pero lo único que alcanzaba a hacer era extender esos grandes diarios sobre el piso de mármol de la sala de su casa y pretender que leía… hasta que un día, solita y sin que fuera al kínder todavía, lo hizo. Y entonces, comenzó a devorar con los ojos todo lo que pasaba delante de ella en forma de letras. No perdonaba ni las leyendas en las etiquetas del chocolate en polvo, ni los ingredientes en las cajas de los cereales que su mamá le servía en la noche, a la hora de cenar. Leía todo: con las leyendas en sus medicamentos, supo por qué todos ellos tienen entre sus componentes un “excipiente”; entendió que “Ferrocarril de Cintura” no era un tren con esbelta figura; y supo también que “Kimberly Klark” fabricaba desde libretas hasta papel higiénico.


Esa niña creció y siguió leyendo. Devoró la biblioteca entera de su padre (aún los libros que él le prohibió tocar, con amenazas que no surtieron efecto, y que tal vez solo buscaban preservar su inocencia); se dormía leyéndose a sí misma los cuentos que su mamá, cansada de las tareas del día, y su papá, ausente en muchas ocasiones, nunca le pudieron o le quisieron leer. 


Y así, las letras fueron para ella no solo un refugio, sino un mundo entero aparte, al que podía ir en cualquier momento o bajo la circunstancia que fuera. Siempre estaban ahí, listas para darle una respuesta, para acompañarla o para hacerla reír o llorar. Para aterrorizarla también, o para impulsarla a soñar.


Sus primeros escritos fueron a su nonna, la mamá de su mamá. A ella le dejaba recaditos y cartitas, por aquí y por allá, diciéndole cuánto la quería. Luego, a su mamá le hizo un poema, que quería llevar a concursar para ganarse el premio que “Infantiles Rodríguez”, una tienda de ropa de su ciudad, ofrecía para festejar a las madres en su día. Y, aunque su mamá no lo llevó al concurso, lo guarda hasta la fecha entre sus cosas preciadas, lo que ahora entiende es un mejor premio que cualquier otra cosa que hubiera podido ganar.


En algún momento, siendo aún muy pequeña, su papá le dio una máquina de escribir portátil, y entonces comenzó a escribir pequeños cuentos, de dos o tres líneas, y a hacer listas, de sus útiles escolares, de las tareas, de lo que fuera, lo importante era escribir. Llegó a crear, junto a su hermano, un periódico completo un sábado, nublado y lluvioso, en el que no pudieron salir a jugar a la calle  —como en ese entonces todavía era posible en México— , y siguió escribiendo siempre. Tuvo muchos diarios que se quedaron sin terminar, y se carteó con más personas de las que uno pudiera imaginar que alguien, nacido en los setentas, pudiera haber tenido como corresponsales.


Durante la escuela siguió escribiendo, para las tareas del querido profesor de Literatura, para los ensayos en la Escuela de Derecho, para sí misma cuando, aburrida de las clases, de todo y de todos, necesitaba irse a su espacio sagrado de las letras. Ahí, también siguió carteándose con amigos queridos  —algo impensable y casi rayando lo cursi en estos días de la inmediatez del  emoji  y del  like—  e incluso, con alguna mala amiga, también lo hizo al paso del tiempo y de los años, siempre a la espera de saber cuál era su nuevo paradero. 


Ya en su trabajo, abogada como tuvo que ser, escribió largas y sesudas argumentaciones, y también complejos e intrincados recursos, demandas y promociones varias. Más adelante, cuando le dio pausa al advocatus modus operandi, la joven se volvió una mercenaria de la palabra. Escribió cartas, discursos, y toda suerte de documentos y proclamas, que fueron utilizados para los más dispares fines y con las más disímbolas intencionalidades. Del teclado de su ordenador se crearon muchas cosas y también se dieron las campanadas fúnebres para algunas otras. 


Ahí, perdida en ese camino del mercenario, se reencontró consigo misma, se desenmascaró y se miró al espejo. Sus letras, las brillantes y las sombrías, seguían bulléndole en la mente y desparramándose por su mirada a la menor provocación. Y cierto día, que no recuerda del todo, pero que sabe que fue uno muy feliz, volvió a escribir y a crear. Volvió a escribir no para ensalzar, ni para defenestrar, empuñó la pluma no para defender o argumentar, sino para simplemente ser y vivir. 

Y aquí, de pie ante mí misma, mirando a los ojos de este, mi reflejo tantas veces abandonado —y ya hoy felizmente rescatado—, me encuentro ahora dándote la bienvenida a este espacio sagrado, donde concurren la noche y el día, la luz y la oscuridad, listas para acompañarte en tu camino hacia tu verdad. 

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